Cómo definió Sigmund Romberg la edad de oro de la opereta

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Sigmund Romberg no sólo escribía melodías. Construyó mundos.

Nacido en lo que hoy es Nagykanizsa, Hungría, en 1887, este compositor trajo un alma claramente europea al escenario estadounidense. Cuando murió en Nueva York en 1951, su nombre era sinónimo de romance, armonías exuberantes y el tipo de escapismo que el público anhelaba a principios del siglo XX.

Originalmente no era músico en el sentido tradicional. El riguroso sistema educativo de Viena lo formó como ingeniero. Pero la música lo hizo retroceder. Estudió composición, se convirtió en un violinista competente y dominaba el órgano. Esta formación técnica dio a sus partituras una integridad estructural de la que muchos contemporáneos carecían.

Luego llegó 1909. Romberg llegó a la ciudad de Nueva York. No se uniría a un teatro de ópera. Estaba dirigiendo una orquesta en un restaurante de moda. Aquí, fue pionero en una práctica que parecía radical en ese momento: tocar música específicamente para bailar. Fue un cambio sutil, pero sentó las bases para su futuro dominio de la escena del teatro musical.

Su gran oportunidad llegó cuando el empresario Jacob Shubert lo contrató como compositor. Romberg produjo aproximadamente 40 espectáculos musicales. Pero fue su primera opereta importante, Maytime, producida en 1917, la que indicó que era una fuerza a tener en cuenta.

La fórmula Romberg

¿Qué hizo que su trabajo se destacara? No fueron sólo las melodías pegadizas. Fue la integración de la música clásica existente con melodías nuevas y accesibles. Esta técnica se convirtió en un sello distintivo de sus obras más famosas.

Considere Blossom Time (1921). Esta opereta no se trataba sólo de sobre Franz Schubert; fue construido a partir de sus obras. Romberg entrelazó las composiciones existentes de Schubert en la narrativa, creando un puente entre la alta cultura y el entretenimiento popular.

Luego vino la década de 1920, una década en la que las operetas de Romberg se convirtieron en la banda sonora del idealismo romántico estadounidense. Cada producción fue un éxito, impulsada por tramas dulcemente trágicas y canciones que perduraron en la conciencia pública.

Tomemos como ejemplo El príncipe estudiante (1924). Basada en la obra de Wilhelm Meyer-Förster Alt Heidelberg, sigue siendo una de las piezas más queridas de la historia del teatro musical. Nos dio “Deep in My Heart” y la icónica “Drinking Song”.

Romberg no se detuvo ahí. Presentó The Desert Song en 1926. Esta pieza presentó “One Alone” y la canción principal, canciones que capturaron la emoción exótica del entorno del norte de África.

Dos años después, se estrenó La Luna Nueva. Presentaba “Amante, vuelve a mí”. ¿La melodía? Romberg adaptó parte de ella de June: Barcarolle de Pyotr Ilyich Tchaikovsky. Tomó la complejidad de la música clásica rusa y la destiló en algo que se sentía sin esfuerzo y profundamente emotivo.

Años posteriores y legado

En 1929, el panorama del entretenimiento estaba cambiando. Las películas estaban ganando protagonismo. Romberg adaptó y escribió canciones para películas. Sin embargo, no desapareció. En 1933 viajó a París para producir Rose de France.