K. Alex Müller cambió nuestra forma de pensar sobre la electricidad. Murió en Zúrich el 9 de enero de 2023, a la edad de 95 años. Nacido en Basilea en 1927, este físico suizo no se limitó a estudiar la materia. Lo obligó a comportarse de manera diferente.
Compartió el Premio Nobel de Física de 1987 con J. Georg Bednorz. Su logro fue específico. Encontraron superconductividad en ciertas sustancias a temperaturas más altas de lo que nadie creía posible.
Antes de Müller, los límites de la física parecían fijos. La temperatura de transición más alta (el punto en el que un material deja de resistir la electricidad) fue de unos 23 Kelvin. Eso es -250 grados centígrados. O -418 grados Fahrenheit. Hace suficiente frío como para congelar el nitrógeno instantáneamente.
Müller tenía las credenciales para desafiar este límite. Obtuvo su doctorado en el Instituto Federal Suizo de Tecnología en 1958. En 1963, estaba en el Laboratorio de Investigación de IBM en Zürich. Finalmente dirigió el departamento de física allí. Se convirtió en miembro de IBM en 1982.
Se especializó en compuestos cerámicos llamados óxidos.
La búsqueda de temperaturas de transición más altas
A principios de los años 1980, Müller empezó a buscar una manera de romper la barrera de los 23 K. Quería sustancias que condujeran la electricidad con resistencia cero. No en el cero casi absoluto. A temperaturas más altas.
Se requirió un enfoque diferente.
Müller reclutó a Bednorz en 1983. Su objetivo era sistemático. Probarían varios óxidos. Estudios recientes habían insinuado que estos materiales podrían ser adecuados. No seguían a la multitud. Estaban mirando hacia donde otros habían desestimado.
Los resultados llegaron en 1986.
Müller y Bednorz lo consiguieron con un óxido de bario-lantano-cobre específico. Alcanzaron una superconductividad a 35 K, es decir, -238 grados Celsius. Sólo fue 12 Kelvin más alto que el récord anterior.
Suena pequeño. Fue enorme.
Por qué es importante la superconductividad a altas temperaturas
Este descubrimiento desencadenó un cambio global. Los científicos de todo el mundo comenzaron a experimentar con óxidos. Ya no perseguían sueños imposibles. Estaban persiguiendo una nueva realidad.
En un año, las temperaturas de transición se acercaron a los 100 K, es decir, -173 grados Celsius. El salto de 23 K a 100 K hizo concebibles aplicaciones prácticas.
Consideremos las implicaciones económicas de este cambio. La superconductividad permite la generación y transmisión de energía eléctrica sin pérdida de energía. Antes de Müller y Bednorz, esto era una curiosidad de laboratorio. Después de su descubrimiento, se convirtió en un objetivo tangible.
La intensa ola de investigación que iniciaron no se limitó a producir artículos. Planteó la perspectiva de una red que no desperdicie energía. Una hazaña con importantes implicaciones económicas.
Todavía dependemos de materiales que pierden energía en forma de calor. El trabajo de estos dos hombres mostró el camino. El techo de temperatura no es una pared. Es una puerta.























