Resquebrajando la conciencia: nuevos conocimientos sobre la experiencia subjetiva

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Durante décadas, la naturaleza de la conciencia ha seguido siendo uno de los enigmas más difíciles de resolver de la ciencia. El “problema difícil” (por qué y cómo los procesos físicos dan lugar a la experiencia subjetiva) parece perpetuamente fuera de nuestro alcance. Sin embargo, una nueva ola de investigación, que va más allá de la simple detección para mapear la estructura de la experiencia, sugiere que el misterio puede estar cediendo.

La búsqueda de medidas objetivas de la subjetividad

Los primeros intentos de cuantificar la conciencia a menudo se basaban en métodos toscos. La Teoría de la Información Integrada (IIT) propuso un “detector de conciencia” para medir la actividad cerebral, con el objetivo de distinguir entre estar verdaderamente despierto y simplemente parecer despierto. Aunque intrigante, este enfoque sólo respondió si alguien está consciente, no cómo se siente la conciencia. El verdadero desafío radica en cerrar la brecha entre las señales cerebrales y los qualia: las cualidades subjetivas únicas de la experiencia (como la sensación de lodo bajo los pies).

Estructuralismo: mapeando el paisaje de las sensaciones

El trabajo neurocientífico y filosófico reciente se ha orientado hacia el “estructuralismo”. Este enfoque postula que la experiencia no se trata de cualidades intrínsecas, sino de las relaciones entre sensaciones. ¿La idea central? Si los estructuralistas tienen razón, nuestras experiencias se definen por cómo contrastan con las demás. El rojo no es sólo rojo; es rojo en comparación con el naranja, el azul e incluso sensaciones no relacionadas como el dolor o la alegría.

Los investigadores ahora están utilizando conjuntos de datos masivos para mapear estas relaciones. Los participantes clasifican miles de combinaciones de colores, tonos musicales y estados emocionales, lo que permite a los científicos crear representaciones geométricas abstractas de la experiencia subjetiva. Sorprendentemente, estos juicios son notablemente consistentes en todas las edades, culturas e incluso idiomas. Los grupos indígenas que carecen de palabras distintas para azul y verde todavía los perciben de manera diferente.

La tabla periódica de la experiencia

Algunos investigadores, incluido Nao Tsuchiya de la Universidad de Monash, imaginan una “tabla periódica” de qualia. Así como la química descompone los compuestos en elementos, este marco categorizaría unidades básicas de estados mentales. Si bien puede que no exista una analogía perfecta (a diferencia de la química, los qualia no exhiben patrones repetitivos), el objetivo es identificar similitudes subyacentes entre diferentes modalidades sensoriales.

Para comprobarlo, los científicos incluso están estudiando la percepción inconsciente. Los experimentos revelan que incluso cuando los estímulos caen por debajo de la conciencia, el cerebro todavía los procesa, aunque de manera diferente. Esto sugiere que la estructura diferencia la percepción consciente de la inconsciente y puede ser una firma clave de la conciencia misma.

¿La ilusión de las cualidades intrínsecas?

La ambición última de este enfoque es abordar frontalmente el difícil problema. Si la experiencia es puramente estructural, entonces los qualia pueden no tener ninguna cualidad intrínseca. El enrojecimiento, la alegría y todas las demás sensaciones pueden no ser más que densas relaciones entre otras percepciones. Esto permitiría a la ciencia explicar completamente la experiencia, describiendo las ecuaciones que gobiernan estas relaciones.

Si bien la mayoría de los filósofos se mantienen cautelosos, el giro estructuralista representa un cambio importante en la investigación de la conciencia. Al centrarse en relaciones objetivas y cuantificables entre experiencias, los científicos finalmente podrán desbloquear los misterios de la realidad subjetiva.

El objetivo a largo plazo no es sólo detectar la conciencia, sino comprender su estructura fundamental. Si podemos mapear el paisaje de las sensaciones, finalmente podríamos comprender por qué y cómo el cerebro crea el mundo que experimentamos.